Por un momento separó la vista de la carretera. Allá a lo lejos se veían las blanquísimas tumbas del cementerio local recién pintadas para celebrar el día de las madres. Por los inclinados rayos solares de esa mañana, se proyectaban grisáceas sombras que hacían más llamativo el panorama del camposanto. Decidió seguir su camino y llegar pronto a su destino.
El viejo periodista había parqueado su moto
debajo del palo de tamarindo y acomodaba un taburete recostado al mismo,
dispuesto a escuchar los pormenores de
los accidentes ocurridos por causa de un aumento del voltaje el día del
apagón, hacía ya una semana de eso. Al momento llegó la señora de la casa y le
ofreció un pocillo de tinto y un peñón de arroz de coco amanecido. Fuancho, el
anfitrión, se disponía a referir los hechos cuando fue interrumpido por el
periodista.
-Por favor, antes
quisiera que me aclarara el nombre de este pueblo, Los Rodríguez.
-Bueno, amigo. El nombre
del pueblo es San Cristóbal, pero como aquí todos son Rodríguez, se conoce más
así. Aquí todos llevan ese apellido adelante o atrás, pero lo llevan. Hay dos o
tres familias más.
-Bueno, ahora sí,
cuénteme.
-Bien. Como le venía
diciendo, ese día todos estábamos ocupados en los preparativos para la fiesta
de las madres al día siguiente. Unos barrían, otros recogían agua, embolando
los zapatos, planchando la ropa, preparando los pasteles, etc. Porque a las 7 a.m.
llega el cura a decir la misa, luego todos vamos al cementerio y a las once
todos prendemos el “merequetengue”.
Eran más o menos las 7
de la noche. Yo estaba viendo televisión y a la vez limpiaba la canasta del
abanico que ya había engrasado. En ese momento se subió el voltaje de la
energía ¡Mire…! El bombillo del comedor parecía una lámpara Explorer de esas
camionetas nuevas, la pantalla del televisor parecía un proyector de cine.
Entre los dos iluminaron todo el platanal. El abanico giraba a tal velocidad
que su aire parecía acondicionado. Asustado con lo que estaba ocurriendo miré
el reloj. Las agujas giraban más rápido que ruleta de pueblo y el pobre
pajarito entraba y salía a dar la hora una tras otra: cucú, cucú, cucú.
Mi mujer, que preparaba
un jugo de mora, daba gritos en la cocina porque la licuadora había
enloquecido. Eso brincaba sobre el mesón como la máquina rompe calles y
desparramó el jugo por todas partes. Ella salió secándose un brazo y como yo no
se lo vi, dije: “¡Bendito! La cuchilla le comió todo el brazo”.
Afortunadamente yo me
había parado a socorrer a mi mujer, porque las paletas del abanico se
desprendieron y salieron disparadas como un freezby. No vi dónde cayó porque en
el momento la lámpara y el televisor explotaron y quedamos a oscuras. Al día
siguiente la encontré allá en el patio del vecino incrustada en una palma
africana, pero me dejó un reguero de matas de plátano recién paridas, cortadas
por la mitad. Sí señor, allá está todavía, no la he podido sacar.
Estaba consolando a mi
mujer cuando la vecina del lado derecho, me llamaba desaforadamente.
-¡Compadre Fuancho!
¡Compadre!
-¿Qué le sucede
comadre?
-¡Corra que mi hijo
está enganchado en el abanico de techo!
Yo no se por dónde me
fui, pero al instante estuve allá. Creo que me salté la cerca de limoncillos
que tiene como metro y medio de alto. El niño tenía un extremo de la funda de
la almohada enredada en la mano derecha y el otro extremo enredado en una
paleta del abanico y parecía una veleta. No sé cómo pude entrar sin caerme, el
caso es que lo pillé por una pierna y lo desenganché, pero cuando salía del
cuarto patiné y todavía me duele el trasero por el porrazo. Había vómito por
todos lados. El muchacho todavía anda zambiloco por la borrachera.
Estaba comentándole a
mi compadre, el papá del niño, que acababa de llegar, cuando escuchamos los
gritos del otro lado y corrimos a ver qué pasaba.
Cuando llegamos solo
encontramos a los tres hijos del vecino. Le pregunté a Pachito, el mayorcito,
qué pasó y entre sollozos me contó:
-Mi papá estaba con mi
abuelo probando la silla de ruedas eléctrica que se ganó en una rifa y la
enchufaron para cargar la batería. De pronto mi abuelo empezó a dar vueltas
como un trompo y salió disparado hacia el patio y mis papás salieron corriendo
detrás de él. Allá están tratando de desenredarlo de una mata de ahuyama. Mi
abuelo está inconsciente porque le metió la cabeza a una ahuyama de cinco
kilos. Pobrecito mi abuelo…Bu…u…u.
Después de ayudar a
desenredar al abuelo, decidimos visitar las demás casas para ver qué más había
pasado. Llegamos donde doña Aminta, la costurera del pueblo.
-¡Ue, doña Aminta!
¿Cómo le fue con la luz?- preguntamos.
-Mal, Fuancho.
Imagínese, yo había terminado 40 camisitas para los niños de la escuelita que
van a recibir la primera comunión. Pero esa bendita máquina se volvió loca y no
sé cómo carajo haló el hilo de una y como estaban apiladas las recosió a todas.
Ahora no se si desbaratar las costuras o sacar de ahí un par de colchas de
retazos. La máquina echó humo y ya no sirve.
Seguimos a la casa
siguiente.
-¡Compadre Arturo!
¿Cómo están por aquí?
-¡Compadre Fuancho! Ya
me dijeron que está encuestando a los damnificados. Usted sabe que las malas
noticias van más rápido que el pensamiento.
-Así es compadre ¿Qué
le sucedió a ustedes?
-Bueno, aquí se
quemaron todos los focos y el televisor. Además, mi hija Rosario, como iba a
bailar esta noche, le estaban poniendo el secador de pelo y quedó lesionada
porque el aparato se convirtió en un soplete y le metió un fogonazo en la
cabeza. El pelo le quedó como una bolsa de fideos y también alcanzó a quemarle
el cuero cabelludo. Allá le están aplicando crema dental con papa rayada.
Cruzamos la calle y
fuimos a unos corrales donde Juaco, un muchacho del pueblo que ordeña un ganado
de un hacendado del pueblo vecino.
-¡Ue Juaco! Ya supimos
que tuviste un percance por la subida del voltaje.
-Hombe Fuancho, sí. Tú
sabes que ordeño unas 10 vacas en la tarde, pero hoy llegué atrasado y para
ayudarme utilicé la máquina de ordeñar. Pero la subida dañó la máquina y me
mató la vaca. Ahora me echarán del puesto.
-Pero Juaco, de dónde
sacaste esa vaca tan flaca, mira como tiene el cuero metido entre las costillas
y los ojos hondos, toda cadavérica.
-No Fuancho, fue que
quedó así. Esa maldita máquina le sacó media cantina de leche, una cantina de
sangre y dos cantinas de grasa. Fue que se fundió o si no le chupa hasta el
cuero.
De ahí salimos para la
casa del viejo Pedro. Él vive sólo con una nieta, de quien dicen que es medio
rara y que no gusta de los hombres. El compadre me dijo al oído.
-Compa, mi mujer me
dijo que en Diciembre a esa chica le trajeron algo especial para hacer el auto
amor, dizque un pene eléctrico que vibra. Ella manda al abuelo a la tienda y se
encierra con su aparato y eso no más se oyen los quejidos y griticos, según le
comentó la Jacinta que fue a prestarle un caldero y como no vio a nadie y oyó
los quejidos, se asomó por una rendija entre las tablas y se la pilló dándose
una zulimba.
-¡Ue, señor Pedro! ¿Qué
pasó por aquí con la subida?
-Ay, mijo. Se quemaron
dos focos. Yo venía de la tienda y oí los gritos de mi nieta en su cuarto. Pero
no quiso decirme qué le pasó. Salió del cuarto caminando como chencha para el
baño y ahí veo sangre sobre el piso.
Ya hacía como una hora
del suceso cuando llegamos a la casa del amigo Freddy, el dueño de la
peluquería del pueblo. Estaba curándole la cabeza a un cliente y ambos parecían hombres lobo, todos
cubiertos de pelo.
-“Herda” viejo Freddy
¿Qué le pasó?
-Hombe Fuancho. Hoy me
fue bien, tanto que no tuve tiempo de barrer tanto pelo sobre el piso. Cuando
se subió el voltaje los abanicos se volvieron locos y levantaron todo ese
pelero del piso y lo regaron por todas partes.
-¿Y a él qué le pasó?
-Yo le estaba haciendo
el honguito con la cuchilla número tres y la máquina de pronto parecía un motor
fuera de borda. Además de esa carretera que le abrí entre el cabello, casi le
levanto todo el cuero cabelludo.
Yo acerqué la lámpara a
la cabeza del muchacho.
-Freddy, ponte pilas,
esa herida necesita como 15 puntos.
Llegamos a casa de doña
Judith, la santurrona del pueblo. La encontramos arrodillada frente a un
taburete rezando.
-¡Ue, doña Judith!
¿Cómo está usted por aquí?
-¡Oh, Fuancho, que Dios
nos coja confesados! Hay malos presagios para este pueblo pecador. Yo se los
venía advirtiendo, esta gente no vive sino de fiesta en fiesta y no les importa
quién engaña a quien, eso es cacho corrido todos los fines de semana, sobretodo
el primo suyo, el tal Toño. A propósito Fuancho ¿En casa del sinvergüenza ese
no pasó nada?
-No, Judith. Ellos no estaban
ahí. Pero ¿Qué te pasó a ti?
-¡Ay, Fuancho! Yo
estaba en el Ángelus y me alargué un poco pidiendo por este pueblo cuando, de
pronto, escuchando mis súplicas, el corazón del Sagrado Corazón comenzó a
iluminarse más y cada vez más intensamente. Yo, asustada ante esa respuesta
divina, me postré a tierra…
Por el llanto
interrumpió un momento su relato. Luego de serenarse, continuó
-…al rato el corazón
del señor explotó y todo el cuadro se fue quemando, me prendió la cortina y
casi se quema mi rancho Fuancho ¿Por qué? ¿Por qué a mí, Fuancho?
Me preguntaba llorando
y asustada.
-Será por tus
pecadillos con Toño- Comenté.
-No Fuancho. Te juro
que solo fueron tres veces y eso se acabó.
-¿Y el peluquero?
-Ay, Fuancho, tú como
que lo sabes todo, pero fue solo dos veces. Fuancho es que la cosa está muy
dura, ya la gente no viene a comprar las estampitas ni los escapularios.
Dejamos a doña Judith
con sus rezos y nos fuimos a casa de Javier, el dueño del SAI.
-Compae Fuancho- me
dijo mi compadre que caminaba a mi lado- ¿usted no ha aterrizado por aquí a
comprar estampitas?
-Compadre, deje la
vaina quieta. Usted sabe que yo no soy tan creyente.
-¡Por eso!... por eso.
Llegamos al SAI.
-¡Ue, Javier! ¿Cómo
están las cosas por acá? Necesitamos que nos fíes unos minutos para hacer la
denuncia de este desastre.
-Hombe Fuancho, eso no
se va a poder.
-Cómo así viejo Javier,
si es para un servicio de la comunidad.
-Fuancho, yo también
llevé del bulto. No ve que me estaba preparando para la avalancha de llamadas
por motivos del día de las madres. Así que puse a cargar los celulares y se
quemaron todos.
-Pero cuénteme una
cosa- le interrumpió el periodista- ¿Celebraron o no el día de las madres?
-¡Sí, claro que sí! No
como lo habíamos proyectado, pero algo hicimos. Imagínese que el tendero ya
tenía enfriando las cervezas y el ron en el botellero. Ahí pasó algo raro. Ese
congelador, así como todas las neveras, se dañó, pero antes dejaron todo
congelado. Al día siguiente las botellas de ron y de cervezas teníamos que
pasarlas por baños de maría para descongelarlas. En mi nevera, por ejemplo, las
bolsas de hielo parecían de acero. ¡Mire…! Si usted viene un poco antes las
hubiera visto. Todavía ayer andaba rodando por ahí un pedazo de hielo.
FIN
PD:
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