lunes, 13 de julio de 2015


Por un momento separó la vista de la carretera. Allá a lo lejos se veían las blanquísimas tumbas del cementerio local recién pintadas para celebrar el día de las madres. Por los inclinados rayos solares de esa mañana, se proyectaban grisáceas sombras que hacían más llamativo el panorama del camposanto. Decidió seguir su camino y llegar pronto a su destino.

 El viejo periodista había parqueado su moto debajo del palo de tamarindo y acomodaba un taburete recostado al mismo, dispuesto a escuchar los pormenores de  los accidentes ocurridos por causa de un aumento del voltaje el día del apagón, hacía ya una semana de eso. Al momento llegó la señora de la casa y le ofreció un pocillo de tinto y un peñón de arroz de coco amanecido. Fuancho, el anfitrión, se disponía a referir los hechos cuando fue interrumpido por el periodista.

-Por favor, antes quisiera que me aclarara el nombre de este pueblo, Los Rodríguez.
-Bueno, amigo. El nombre del pueblo es San Cristóbal, pero como aquí todos son Rodríguez, se conoce más así. Aquí todos llevan ese apellido adelante o atrás, pero lo llevan. Hay dos o tres familias más.
-Bueno, ahora sí, cuénteme.
-Bien. Como le venía diciendo, ese día todos estábamos ocupados en los preparativos para la fiesta de las madres al día siguiente. Unos barrían, otros recogían agua, embolando los zapatos, planchando la ropa, preparando los pasteles, etc. Porque a las 7 a.m. llega el cura a decir la misa, luego todos vamos al cementerio y a las once todos prendemos el “merequetengue”.

Eran más o menos las 7 de la noche. Yo estaba viendo televisión y a la vez limpiaba la canasta del abanico que ya había engrasado. En ese momento se subió el voltaje de la energía ¡Mire…! El bombillo del comedor parecía una lámpara Explorer de esas camionetas nuevas, la pantalla del televisor parecía un proyector de cine. Entre los dos iluminaron todo el platanal. El abanico giraba a tal velocidad que su aire parecía acondicionado. Asustado con lo que estaba ocurriendo miré el reloj. Las agujas giraban más rápido que ruleta de pueblo y el pobre pajarito entraba y salía a dar la hora una tras otra: cucú, cucú, cucú.
Mi mujer, que preparaba un jugo de mora, daba gritos en la cocina porque la licuadora había enloquecido. Eso brincaba sobre el mesón como la máquina rompe calles y desparramó el jugo por todas partes. Ella salió secándose un brazo y como yo no se lo vi, dije: “¡Bendito! La cuchilla le comió todo el brazo”.
Afortunadamente yo me había parado a socorrer a mi mujer, porque las paletas del abanico se desprendieron y salieron disparadas como un freezby. No vi dónde cayó porque en el momento la lámpara y el televisor explotaron y quedamos a oscuras. Al día siguiente la encontré allá en el patio del vecino incrustada en una palma africana, pero me dejó un reguero de matas de plátano recién paridas, cortadas por la mitad. Sí señor, allá está todavía, no la he podido sacar.
Estaba consolando a mi mujer cuando la vecina del lado derecho, me llamaba desaforadamente.
-¡Compadre Fuancho! ¡Compadre!
-¿Qué le sucede comadre?
-¡Corra que mi hijo está enganchado en el abanico de techo!
Yo no se por dónde me fui, pero al instante estuve allá. Creo que me salté la cerca de limoncillos que tiene como metro y medio de alto. El niño tenía un extremo de la funda de la almohada enredada en la mano derecha y el otro extremo enredado en una paleta del abanico y parecía una veleta. No sé cómo pude entrar sin caerme, el caso es que lo pillé por una pierna y lo desenganché, pero cuando salía del cuarto patiné y todavía me duele el trasero por el porrazo. Había vómito por todos lados. El muchacho todavía anda zambiloco por la borrachera.
Estaba comentándole a mi compadre, el papá del niño, que acababa de llegar, cuando escuchamos los gritos del otro lado y corrimos a ver qué pasaba.
Cuando llegamos solo encontramos a los tres hijos del vecino. Le pregunté a Pachito, el mayorcito, qué pasó y entre sollozos  me contó:
-Mi papá estaba con mi abuelo probando la silla de ruedas eléctrica que se ganó en una rifa y la enchufaron para cargar la batería. De pronto mi abuelo empezó a dar vueltas como un trompo y salió disparado hacia el patio y mis papás salieron corriendo detrás de él. Allá están tratando de desenredarlo de una mata de ahuyama. Mi abuelo está inconsciente porque le metió la cabeza a una ahuyama de cinco kilos. Pobrecito mi abuelo…Bu…u…u.
Después de ayudar a desenredar al abuelo, decidimos visitar las demás casas para ver qué más había pasado. Llegamos donde doña Aminta, la costurera del pueblo.
-¡Ue, doña Aminta! ¿Cómo le fue con la luz?- preguntamos.
-Mal, Fuancho. Imagínese, yo había terminado 40 camisitas para los niños de la escuelita que van a recibir la primera comunión. Pero esa bendita máquina se volvió loca y no sé cómo carajo haló el hilo de una y como estaban apiladas las recosió a todas. Ahora no se si desbaratar las costuras o sacar de ahí un par de colchas de retazos. La máquina echó humo y ya no sirve.
Seguimos a la casa siguiente.
-¡Compadre Arturo! ¿Cómo están por aquí?
-¡Compadre Fuancho! Ya me dijeron que está encuestando a los damnificados. Usted sabe que las malas noticias van más rápido que el pensamiento.
-Así es compadre ¿Qué le sucedió a ustedes?
-Bueno, aquí se quemaron todos los focos y el televisor. Además, mi hija Rosario, como iba a bailar esta noche, le estaban poniendo el secador de pelo y quedó lesionada porque el aparato se convirtió en un soplete y le metió un fogonazo en la cabeza. El pelo le quedó como una bolsa de fideos y también alcanzó a quemarle el cuero cabelludo. Allá le están aplicando crema dental con papa rayada.
Cruzamos la calle y fuimos a unos corrales donde Juaco, un muchacho del pueblo que ordeña un ganado de un hacendado del pueblo vecino.
-¡Ue Juaco! Ya supimos que tuviste un percance por la subida del voltaje.
-Hombe Fuancho, sí. Tú sabes que ordeño unas 10 vacas en la tarde, pero hoy llegué atrasado y para ayudarme utilicé la máquina de ordeñar. Pero la subida dañó la máquina y me mató la vaca. Ahora me echarán del puesto.
-Pero Juaco, de dónde sacaste esa vaca tan flaca, mira como tiene el cuero metido entre las costillas y los ojos hondos, toda cadavérica.
-No Fuancho, fue que quedó así. Esa maldita máquina le sacó media cantina de leche, una cantina de sangre y dos cantinas de grasa. Fue que se fundió o si no le chupa hasta el cuero.
De ahí salimos para la casa del viejo Pedro. Él vive sólo con una nieta, de quien dicen que es medio rara y que no gusta de los hombres. El compadre me dijo al oído.
-Compa, mi mujer me dijo que en Diciembre a esa chica le trajeron algo especial para hacer el auto amor, dizque un pene eléctrico que vibra. Ella manda al abuelo a la tienda y se encierra con su aparato y eso no más se oyen los quejidos y griticos, según le comentó la Jacinta que fue a prestarle un caldero y como no vio a nadie y oyó los quejidos, se asomó por una rendija entre las tablas y se la pilló dándose una zulimba.
-¡Ue, señor Pedro! ¿Qué pasó por aquí con la subida?
-Ay, mijo. Se quemaron dos focos. Yo venía de la tienda y oí los gritos de mi nieta en su cuarto. Pero no quiso decirme qué le pasó. Salió del cuarto caminando como chencha para el baño y ahí veo sangre sobre el piso.
Ya hacía como una hora del suceso cuando llegamos a la casa del amigo Freddy, el dueño de la peluquería del pueblo. Estaba curándole la cabeza a un cliente  y ambos parecían hombres lobo, todos cubiertos de pelo.
-“Herda” viejo Freddy ¿Qué le pasó?
-Hombe Fuancho. Hoy me fue bien, tanto que no tuve tiempo de barrer tanto pelo sobre el piso. Cuando se subió el voltaje los abanicos se volvieron locos y levantaron todo ese pelero del piso y lo regaron por todas partes.
-¿Y a él qué le pasó?
-Yo le estaba haciendo el honguito con la cuchilla número tres y la máquina de pronto parecía un motor fuera de borda. Además de esa carretera que le abrí entre el cabello, casi le levanto todo el cuero cabelludo.
Yo acerqué la lámpara a la cabeza del muchacho.
-Freddy, ponte pilas, esa herida necesita como 15 puntos.
Llegamos a casa de doña Judith, la santurrona del pueblo. La encontramos arrodillada frente a un taburete rezando.
-¡Ue, doña Judith! ¿Cómo está usted por aquí?
-¡Oh, Fuancho, que Dios nos coja confesados! Hay malos presagios para este pueblo pecador. Yo se los venía advirtiendo, esta gente no vive sino de fiesta en fiesta y no les importa quién engaña a quien, eso es cacho corrido todos los fines de semana, sobretodo el primo suyo, el tal Toño. A propósito Fuancho ¿En casa del sinvergüenza ese no pasó nada?
-No, Judith. Ellos no estaban ahí. Pero ¿Qué te pasó a ti?
-¡Ay, Fuancho! Yo estaba en el Ángelus y me alargué un poco pidiendo por este pueblo cuando, de pronto, escuchando mis súplicas, el corazón del Sagrado Corazón comenzó a iluminarse más y cada vez más intensamente. Yo, asustada ante esa respuesta divina, me postré a tierra…
Por el llanto interrumpió un momento su relato. Luego de serenarse, continuó
-…al rato el corazón del señor explotó y todo el cuadro se fue quemando, me prendió la cortina y casi se quema mi rancho Fuancho ¿Por qué? ¿Por qué a mí, Fuancho?
Me preguntaba llorando y asustada.
-Será por tus pecadillos con Toño- Comenté.
-No Fuancho. Te juro que solo fueron tres veces y eso se acabó.
-¿Y el peluquero?
-Ay, Fuancho, tú como que lo sabes todo, pero fue solo dos veces. Fuancho es que la cosa está muy dura, ya la gente no viene a comprar las estampitas ni los escapularios.
Dejamos a doña Judith con sus rezos y nos fuimos a casa de Javier, el dueño del SAI.
-Compae Fuancho- me dijo mi compadre que caminaba a mi lado- ¿usted no ha aterrizado por aquí a comprar estampitas?
-Compadre, deje la vaina quieta. Usted sabe que yo no soy tan creyente.
-¡Por eso!... por eso.
Llegamos al SAI.
-¡Ue, Javier! ¿Cómo están las cosas por acá? Necesitamos que nos fíes unos minutos para hacer la denuncia de este desastre.
-Hombe Fuancho, eso no se va a poder.
-Cómo así viejo Javier, si es para un servicio de la comunidad.
-Fuancho, yo también llevé del bulto. No ve que me estaba preparando para la avalancha de llamadas por motivos del día de las madres. Así que puse a cargar los celulares y se quemaron todos.
-Pero cuénteme una cosa- le interrumpió el periodista- ¿Celebraron o no el día de las madres?
-¡Sí, claro que sí! No como lo habíamos proyectado, pero algo hicimos. Imagínese que el tendero ya tenía enfriando las cervezas y el ron en el botellero. Ahí pasó algo raro. Ese congelador, así como todas las neveras, se dañó, pero antes dejaron todo congelado. Al día siguiente las botellas de ron y de cervezas teníamos que pasarlas por baños de maría para descongelarlas. En mi nevera, por ejemplo, las bolsas de hielo parecían de acero. ¡Mire…! Si usted viene un poco antes las hubiera visto. Todavía ayer andaba rodando por ahí un pedazo de hielo.          
FIN

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